El descubrimiento de la propia religiosidad parte del sentimiento profundo de sentirse potencialmente eterno y perteneciente a una Totalidad.

La religiosidad es intrínseca al ser humano, y cuando esta se manifiesta en el corazón y la conciencia, una persona se percibe como perteneciente a la eternidad, su expresión es la de nobleza y su fruto es la acción basada en valores éticos y morales que se practican de modo natural.

El descubrimiento de la propia religiosidad parte del sentimiento profundo de sentirse potencialmente eterno y perteneciente a una Totalidad. Esta sensación interior, individual y emanante de lo más profundo del ser, cuando se toma conciencia de ella, empieza a percibirse respecto a uno mismo como nobleza y dignidad. En realidad es la percepción de lo sacro. Es la percepción de sentirse conectado a algo superior de lo que se forma parte.

La auto percepción de nobleza, dignidad y sacralidad provoca que la mirada al mundo participe de ello, por lo que paulatinamente se empieza a percibir la vida y a los vivientes- sobre todo al “otro”- como también nobles, dignos y sacros. Esa percepción del otro y de uno mismo desde esta perspectiva provoca a su vez el natural fluir de los valores y virtudes que se manifestarán en el pensamiento, en la palabra y en la acción, como un acto de dignidad, respeto y honra hacia uno mismo y hacia el prójimo.

Las religiones tradicionales han proporcionado al ser humano unos principios y herramientas que han permitido a sus fieles alcanzar estos valores y virtudes. Han demostrado que pueden proporcionar al ser humano una enorme fuente de sabiduría que, hoy lo sabemos, poseen una mayor potencialidad de proporcionar un crecimiento interior que supera las limitaciones de la autoayuda para los que tienen la necesidad de Dios.